Cuatro meses después del divorcio, mi exesposa me invitó a su boda — y cuando vi el rostro del novio, el corazón se me detuvo: la verdad era más amarga de lo que jamás imaginé.

Cuatro meses después de mi divorcio, mi exesposa me envió una invitación de boda.
Con una mezcla de orgullo herido y una curiosidad que no quería admitir, me puse el mismo traje que había usado el día en que nos casamos y conduje solo hasta la hacienda donde sería el evento.

Solo quería saber una cosa:
¿Quién era el hombre que había elegido en lugar de mí?

Pero cuando vi salir al novio… me cubrí la cara con ambas manos.
Por primera vez en mi vida, me arrepentí de haber ido.

El comienzo del fin

Camila y yo habíamos estado juntos tres años antes de casarnos. Nuestros primeros meses como esposos fueron como un bolero suave: tranquilos, amables, sin grandes sobresaltos.

Ella tenía una dulzura casi tímida por fuera, pero por dentro era fuerte, analítica, siempre lista para deshacer cualquier nudo que apareciera en nuestra vida diaria.

Yo… era el típico hombre “suficientemente bueno”.
No bebía en exceso, no jugaba, trabajaba duro.

Pero fallé en lo esencial: escucharla.

Mi trabajo en el sector inmobiliario en la Ciudad de México exigía todo de mí, y siempre tenía la excusa perfecta:

“Estoy ocupado… es por nuestro futuro.”

Mientras lo repetía, Camila se sentaba frente a mí, esperando una mirada, una palabra, una señal de que yo seguía ahí.

Pero yo siempre estaba pegado al teléfono, a la laptop… o al silencio.

Con el tiempo, dejé de notar si estaba feliz, triste o rota por dentro.

Nunca peleábamos.

La noche que me quedé helado

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