Cuatro meses después del divorcio, mi exesposa me invitó a su boda — y cuando vi el rostro del novio, el corazón se me detuvo: la verdad era más amarga de lo que jamás imaginé.

Y ese fue mi mayor error: confundir el silencio con paz.

Una noche, Camila simplemente dijo:

—Quiero el divorcio.

Me quedé helado.

—Podemos intentarlo otra vez —supliqué.

Ella bajó la mirada y respondió con una calma devastadora:

—Esperé mucho tiempo, Ricardo. Pensé que amarte lo suficiente sería suficiente… pero me estoy perdiendo.

Firmé los papeles una tarde gris. No lloré, pero sentí cómo algo se rompía dentro de mí. El vacío me acompañó por meses.

Hasta que un jueves recibí un mensaje:

“¿Estás libre este domingo? Quiero invitarte.”

No necesité abrir el sobre para saber de qué se trataba.

El día de la boda

Dormí apenas tres horas.
El domingo conduje hasta una elegante hacienda en Puebla. Me senté al fondo, sin querer ver ni ser visto.

Entonces apareció ella.

Camila, en un vestido blanco luminoso, sonriendo de una manera que no veía desde hacía años.
Mi pecho ardía.

Y entonces salió el novio.

Casi me desplomo.

Era Esteban.
Mi hermano de toda la vida. Mi compañero de universidad, de tacos baratos, de exámenes reprobados, de sueños lejanos.

¿Él?

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.