Cuatro meses después del divorcio, mi exesposa me invitó a su boda — y cuando vi el rostro del novio, el corazón se me detuvo: la verdad era más amarga de lo que jamás imaginé.

Dos semanas después, Esteban falleció en un hospital de Guadalajara. Camila estuvo conmigo en el funeral, no por amor, sino porque finalmente habíamos aprendido a hablarnos… como dos personas que ya no se debían nada.

Me quedé solo frente a su tumba, coloqué la invitación falsa sobre la tierra húmeda y murmuré:

—Prometo vivir mejor… por ti también.

Una brisa cálida pasó entre los árboles.
Casi pude sentir su mano en mi hombro.

Y por primera vez desde que todo empezó… sentí que podía seguir adelante.

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