Dejaron a su bebé de dos meses conmigo mientras iban de compras. Pero su llanto desesperado no paraba. Revisé su pañal y lo que encontré me hizo temblar las manos. Lo agarré y corrí al hospital.

“Dios mío…”, murmuré, aún sin poder procesarlo del todo.
Sus gritos me devolvieron a la acción. Sin pensarlo dos veces, lo envolví en su manta, lo acuné con todo el cuidado que pude y salí corriendo por la puerta. Momentos después, estaba haciendo señas a un taxi.
El taxi aceleró por la Castellana, pero cada semáforo se me hizo eterno. Le acaricié la frente, murmurándole algo, intentando cualquier cosa para calmar la agonía en su voz. El conductor, al percibir la desesperación en sus gritos, aceleró solo.
“Espere, señor. Ya casi llegamos”, dijo en voz baja.
En la entrada de urgencias del Hospital Clínico San Carlos, abrí la puerta, casi sin aliento. Una enfermera se acercó apresuradamente, alarmada por la expresión de mi rostro.

Nunca olvidaré aquella tarde de sábado en Madrid.

Mi hijo y mi nuera me pidieron que cuidara a su bebé de dos meses mientras hacían unos recados. Acepté con alegría; después de todo, había estado esperando cualquier oportunidad para pasar tiempo con mi primer nieto. Cuando llegaron, el pequeño dormía profundamente en su cochecito, envuelto en una manta azul pálido. Tras una rápida despedida, la puerta se cerró y, de repente, quedamos solos.

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