"Hay algo más que debemos discutir", dijo.
Se me encogió el estómago.
Nos llevó a una pequeña consulta. Allí, nos explicó que durante el examen también habían descubierto una hernia inguinal en desarrollo, común en recién nacidos, pero dolorosa si pasa desapercibida. Por suerte, no estaba estrangulada y no requería cirugía inmediata, pero sí un seguimiento minucioso.
Los ojos de mi nuera se llenaron de lágrimas. Mi hijo parecía desolado. El pediatra los tranquilizó de nuevo:
"Esto no es culpa de nadie. Lo importante es que su abuelo actuó rápido. Gracias a eso, estamos detectando todo a tiempo".
Solo entonces se calmó la tensión.
Cuando por fin volvimos a ver al bebé, dormía profundamente. Mi nuera lo abrazó con ternura, llorando de puro alivio. Mi hijo me apretó el hombro.
“Papá… gracias. No sabemos qué habríamos hecho sin ti”.
Solo pude sonreír. A veces, los abuelos sentimos que nuestro papel se desvanece a medida que nuestros hijos crecen. Pero momentos como este nos recuerdan lo vitales que seguimos siendo.
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