Dejaron a su bebé de dos meses conmigo mientras iban de compras. Pero su llanto desesperado no paraba. Revisé su pañal y lo que encontré me hizo temblar las manos. Lo agarré y corrí al hospital.

Al principio, todo parecía perfectamente normal. Preparé un biberón caliente, me aseguré de que la habitación no estuviera demasiado fría y me senté cómodamente en el sofá con él en brazos. Pero solo unos minutos después, empezó a llorar. No era un llanto de hambre. No era un llanto de cansancio. Era un gemido doloroso y desesperado que me oprimía el pecho.

Lo intenté todo: mecerlo, cantarle suavemente como solía hacer con mis hijos. Pero cuanto más lo calmaba, más angustiado parecía. Su cuerpecito se tensó, retorciéndose de incomodidad. Algo no andaba bien. No era un llanto normal.

Pensando que podría ser un gas, lo apoyé sobre mi hombro y le di unas palmaditas suaves en la espalda. El llanto solo se agudizó. Un nudo de preocupación me apretaba; el instinto me decía que debía revisarlo.

Lo acosté con cuidado en la cama y levanté su ropita para ver su pañal. Lo que vi me detuvo el corazón. Me temblaban las manos y una oleada de miedo me invadió. El bebé lloraba mientras yo intentaba mantener la calma para pensar.

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