Solo pude sonreír. A veces, los abuelos sentimos que nuestro papel se desvanece a medida que nuestros hijos crecen. Pero momentos como este nos recuerdan lo vitales que seguimos siendo.
Salimos del hospital cerca de la medianoche. Madrid brillaba bajo las farolas, y el aire fresco de la noche nos quitaba el peso del pecho. Hablamos de cambios en su rutina, jabones más suaves y citas de seguimiento.
Lo que empezó como una tarde aterradora terminó como una lección para todos.
Una lección de vigilancia, instinto... y la frágil complejidad de cuidar una vida diminuta.
Y mientras el bebé dormía en brazos de su madre, sin darse cuenta de todo el caos que había provocado, me di cuenta de algo:
Él nunca recordaría esta noche.
Pero nos cambió a todos.
Si has leído hasta aquí, me encantaría saber:
¿Qué parte te quedó más grabada? ¿
Te gustaría una versión alternativa, un final más oscuro... o quizás un capítulo futuro cuando este bebé crezca?
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