Cada crujido de la casa me despertaba de golpe.
Una voz en mi cabeza decía: «Hiciste lo correcto».
Otra murmuraba: «Dejaste entrar a una desconocida en tu casa. Genial».
En un momento dado, me levanté con la excusa de comprobar el termostato y eché un vistazo a la habitación de invitados.
Laura estaba medio sentada, medio recostada contra la pared.
Oliver dormía sobre su pecho.
Sus brazos lo rodeaban como un cinturón de seguridad.
Por la mañana, un suave movimiento me despertó.
Salí al pasillo.
La puerta de la habitación de invitados estaba abierta.
Laura estaba dentro, haciendo la cama con pulcritud.
La manta que había usado estaba doblada con sumo cuidado.
Las toallas estaban apiladas ordenadamente.
Oliver estaba apretujado contra ella otra vez.
“No tenías por qué hacerlo”, dije.
Dio un salto y sonrió nerviosa.
“No quería dejar un desastre”, dijo. “Ya has hecho demasiado”.
“¿Necesitas que te lleve a casa de tu hermana?”, pregunté.
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