DESCUBRÍ QUE MI ESPOSO IBA A CENAR CON SU AMANTE, RESERVÉ LA MESA DE AL LADO Y LLEVÉ MARIDO DE ELLA…

Solo sabía que esa noche cambiaría todo. Entre el nudo en mi garganta y el vacío en mi estómago, sentía también algo nuevo creciendo, una determinación que ni yo misma reconocía. Esa tarde me arreglé como nunca. Elegí un vestido negro que había guardado para una ocasión especial. Me maquillé con cuidado, resaltando mis ojos que tantas veces Mateo había elogiado, pero que últimamente ni siquiera miraba. Cada pincelada de maquillaje era como una armadura que construía para la batalla que se avecinaba.

Mientras me preparaba, los recuerdos inundaban mi mente. Las noches en que Mateo llegaba con perfume distinto, las llamadas que atendía alejándose de mí, los fines de semana de trabajo que se habían multiplicado, las discusiones por nimiedades que él provocaba para salir de casa enojado. Todo tenía sentido. Ahora ya voy de salida. me había escrito. La reunión será larga, no me esperes, despierta. Cada palabra era una puñalada, cada mentira, una traición. Pensé en nuestros votos matrimoniales, en los planes que habíamos hecho, en el bebé que tanto habíamos intentado tener sin éxito.

Mientras Mateo culpaba al estrés por nuestros problemas de fertilidad, seguramente invertía toda su energía en Isabel. Diego me esperaba en la entrada del restaurante. Vestía un traje gris. Parecía cansado, pero sonriente. Me dio un beso en la mejilla como saludo. Te ves hermosa, Lucía, pero tus ojos dicen que algo anda mal. Gracias por venir, Diego. Dije mientras entrábamos. Lamento haberte citado con tanta urgencia. No te preocupes. Isabel también tenía una reunión de trabajo esta noche. Me alegra tener compañía.

Sentí una punzada en el pecho. Reunión de trabajo. La misma excusa. Los dos viviendo la misma mentira desde lados opuestos. El mesero nos llevó a nuestra mesa, la famosa mesa siete, perfectamente ubicada para ver la entrada y la mesa ocho, aún vacía, esperando a los amantes. Diego pidió vino para ambos mientras yo intentaba encontrar las palabras adecuadas. Diego, lo que voy a decirte es difícil. Tomé un sorbo de vino para darme valor. En ese momento, la puerta del restaurante se abrió.

Mateo entró impecablemente vestido mirando su reloj. Mi corazón se detuvo. Segundos después, Isabel apareció. Llevaba un vestido rojo que nunca usaría para una reunión de trabajo. Se acercaron a la recepción y el mesero los guió directamente a la mesa junto a la nuestra. Diego seguía mi mirada confundido. Cuando vio a su esposa con mi marido, su rostro se transformó. Primero sorpresa, luego incredulidad, finalmente dolor. ¿Qué está? comenzó a decir, “Por eso te pedí que vinieras”, murmuré sintiendo que mi voz podría quebrarse en cualquier momento.

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