Ya no quiero saber nada de los castellanos. Patricia me tomó de las manos. Elena, tienes 35 años y una vida por delante. Sea lo que sea, te dará un cierre. Si no vas, te quedarás con la duda para siempre. Doña Mercedes siempre me odió, murmuré. Desde el día que Javier me presentó me hizo sentir como si fuera poca cosa, porque ella sabía que vales más que toda su familia junta. Recordé mi primer encuentro con don Ricardo en una cena familiar.
Mientras doña Mercedes criticaba mi vestido demasiado sencillo, don Ricardo me preguntó sobre mis proyectos de arquitectura sustentable. fue el único que me vio como profesional y no como un adorno para su hijo. Iré, decidí, pero no por ellos, sino por don Ricardo. La mañana de la lectura me vestí con un traje azul marino, mi armadura. Con cada botón que abrochaba, construía un muro alrededor de mi corazón. No les daría el gusto de verme débil. El edificio del notario Herrera en la colonia Roma brillaba bajo el sol de octubre.

Entré con paso firme, ignorando el nudo en mi estómago. En elevador ensayé mi cara de indiferencia. Cuando las puertas se abrieron en el piso 12, los vi. Estaban los tres sentados en la sala de espera. Javier revisaba su celular con impaciencia. Camila, vestida completamente de negro, miraba al suelo y doña Mercedes, con su eterno collar de perlas, me observaba como si fuera una cucaracha. ¿Qué hace ella aquí? Escuché que doña Mercedes le susurraba a Javier cuando entré.
No les di el gusto de saludar. Me acerqué directamente a la secretaria. Elena Valenzuela. Tengo cita con el licenciado Herrera. Minutos después estábamos en la elegante oficina del notario. Una mesa de caoba pulida nos separaba, yo de un lado, ellos tres del otro, como siempre había sido. “Señora Valenzuela”, comenzó el notario. “Don Ricardo dejó instrucciones muy precisas sobre su presencia hoy. Estamos a punto de conocer sus últimas voluntades. Fue entonces cuando me quedé de pie con los brazos cruzados mientras el notario comenzaba a sacar los documentos.
No me senté. No les daría la satisfacción de verme a su nivel. Por favor, Elena, insistió Javier con esa sonrisa que alguna vez me derritió, pero que ahora me provocaba náuseas. Esto es un asunto familiar. Hace tiempo que dejé de ser parte de tu familia, respondí. El notario carraspeó incómodo y comenzó a leer. Por la presente yo, Ricardo Castellanos Fuentes, en pleno uso de mis facultades mentales, comenzó a leer el notario mientras todos guardábamos silencio. El testamento continuó con formalidades legales y algunas donaciones menores a primos y sobrinos.
Doña Mercedes sentía satisfecha, seguramente anticipando el momento en que todo el imperio castellanos quedaría en manos de su adorado hijo. Respecto a mis acciones y control mayoritario de Grupo Castellanos, continuó el notario ajustándose las gafas. He tomado una decisión que puede resultar sorprendente para algunos. Noté como Javier se enderezaba en su asiento. Camila le lanzó una mirada nerviosa. Lego, el 40% de las acciones de Grupo Castellanos con carácter de control a mi exnuera, la arquitecta Elena Valenzuela Montalvo.
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