Después de 30 años de matrimonio, se fue con su novia, pero un año después la puerta se le cerró.

Primera etapa: Tocar fondo y silencio
"Mamá, ¿qué vas a hacer? ¿Cómo vas a vivir?", la voz de Alena temblaba al otro lado.

Valentina se sentó en el borde de la cama y se examinó las palmas de las manos: secas, cubiertas de finas arrugas, con un fino anillo de bodas que ahora le parecía extraño.

"No lo sé, cariño", respondió con sinceridad. "Ya lo averiguaré. No estoy hecha de azúcar".

Después de colgar, se quedó sentada en la oscuridad un buen rato. El apartamento estaba inusualmente silencioso. Yura solía subir tanto el volumen de la televisión que los vecinos golpeaban la pared. Solía ​​quejarse, pero ahora se sorprendía a sí misma escuchando el portazo, el crujido de la llave en la cerradura.

Pero las puertas permanecían en silencio.

Las primeras semanas, vivió con lo que le quedaba de su "dinero inicial" y su pequeña pensión basada en sus años de servicio. Fue a la tienda con una calculadora, contando cada centavo. Esa noche, abrió el armario y miró sus camisas hasta que se dio cuenta de que o dejaba de llorar o la consumía el dolor.

Al tercer día, se quitó el anillo y lo guardó en una caja de crema.

"Ya está, Valya", se dijo en voz alta. "Ya he llorado bastante. Tengo que vivir".

Y así comenzó una nueva etapa.

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