Después de dedicar seis meses a coser a mano el vestido de boda de mi hija, entré en la suite nupcial justo a tiempo para oírla decir entre risas: “Si pregunta, dile que no me queda. Parece comprado en una tienda de segunda mano.” Sentí cómo algo dentro de mí se desmoronaba, pero respiré hondo, levanté la cabeza y me llevé el vestido sin decir palabra. Sin embargo, más tarde sucedió algo que jamás habría imaginado…

Ella levantó la vista y por fin me miró. —Mamá… —su voz se quebró—. Lo siento.

No esperaba una disculpa. Me quedé quieta, conteniendo mis emociones para no romperme yo también.

—No sé qué hacer —continuó—. Faltan menos de dos horas para la ceremonia. No puedo casarme con esto… —señaló el vestido destrozado—. Y yo… yo fui cruel contigo. No debía haber dicho lo que dije. Es que me puse nerviosa, quería que todo fuera perfecto y… —Se tapó el rostro entre las manos.

Durante unos segundos, solo la observé. Vi a la niña que un día aprendió a caminar agarrada a mis faldas, la adolescente impaciente que siempre quería tener la razón, la mujer que hoy estaba a punto de comenzar una vida nueva.

Respiré hondo. —¿Quieres que lo intente? —pregunté finalmente.

Ella levantó la cabeza, sorprendida. —¿Arreglar el vestido nuevo?

Negué suavemente. —No. Hablo del que hice yo.

Mi hija abrió los ojos, y vi temor, duda… pero también esperanza. Caminé hacia la bolsa donde lo había guardado. Lo desplegué con cuidado. El encaje brilló bajo la luz cálida de la habitación.

—Pruébatelo —le dije.

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