Nunca imaginé que una llamada telefónica pudiera alterar mi vida de una manera tan brutal. Esa mañana, mientras revisaba correos en la oficina, recibí una comunicación de un despacho jurídico de Montevideo. Al principio pensé que era un error, pero la voz segura del abogado disipó cualquier duda: una tía abuela a quien apenas recordaba había fallecido y me había dejado una herencia de doscientos millones de dólares. No supe qué decir. Me quedé en silencio, con la respiración suspendida, como si el mundo se hubiese detenido.
No sabía si llorar, reír o salir corriendo, y elegí lo último. Agarré mi bolso, murmuré algo sobre una emergencia familiar y tomé un taxi rumbo a casa para contarle la noticia a mi esposo, Julián. Me imaginaba su expresión: sorpresa, incredulidad, tal vez miedo, pero también esperanza. Últimamente nuestras finanzas estaban tensas y pensé que esto nos daría un nuevo comienzo.
El taxi avanzaba por la avenida principal cuando un auto salió disparado de una calle lateral. Apenas tuve tiempo de ver el destello rojo del parachoques antes de escuchar el estruendo. El impacto me lanzó hacia adelante; sentí un dolor punzante en el pecho y luego todo se volvió gris. No perdí el conocimiento, pero desee hacerlo. La gente gritaba, alguien llamó una ambulancia y yo solo pensaba en Julián, en cómo reaccionaría al verme en ese estado… y en cómo reaccionaría ante la herencia.
Llegué al hospital entre mareos. Las horas se volvieron un murmullo confuso de enfermeras, exámenes, olor a desinfectante y un médico que repetía que tuve suerte de no haber sufrido lesiones internas más graves. Cuando por fin pude hablar, pedí mi teléfono.
Llamé a Julián.
—Amor… tuve un accidente. Estoy en el hospital —dije con voz temblorosa.
Hubo un silencio breve. Demasiado breve.
—Ahora no puedo —respondió él, áspero, como si lo hubiera interrumpido—. Estoy… ocupado. Voy cuando pueda.
Sentí como si alguien me hubiese clavado una aguja en el corazón. ¿Ocupado? ¿En qué? ¿Con quién?
Pasaron dos días. Nadie de su familia vino. Ningún mensaje. Ningún “¿cómo sigues?”. Yo me aferraba a la idea de que tenía que haber una explicación razonable. Pero la tercera tarde, cuando ya podía caminar con ayuda, la puerta de mi habitación se abrió.
Era Julián.
Y no venía solo.
A su lado estaba una mujer joven, elegante, con un vestido beige impecable y una expresión serena… hasta que me vio. Se detuvo de golpe, como si hubiera visto un fantasma. Sus ojos se abrieron, su mano tembló ligeramente y sus labios se separaron.
—Espera… —susurró, mirándome como si buscara algo imposible en mi rostro—. Ella es mi…
La frase quedó suspendida en el aire.
Y en ese instante supe que mi vida estaba a punto de romperse de una forma aún más brutal que el accidente.
La mujer respiró hondo, como quien intenta recuperar el control después de una sacudida emocional. Julián, en cambio, evitó mi mirada. No había rastro de culpa en su rostro, solo una extraña incomodidad, como si estuviera atrapado en un trámite que preferiría no atender.
—¿Quién es ella? —pregunté con un hilo de voz, mirándolo directamente a él.
Pero la respuesta provino de la mujer.
—Me llamo Camila —dijo en voz baja—. Y… creo que tú y yo tenemos algo pendiente desde hace muchos años.
Me quedé desconcertada. Jamás la había visto. No sabía quién era, de dónde venía, ni por qué parecía conocerme. Pero había algo más inquietante que su presencia: la mano de Julián entrelazada con la de ella. No estaban tomados de la mano como quien acompaña a un enfermo. Era un gesto íntimo, habitual… y dolorosamente familiar.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunté, sin poder contener el temblor en mi voz.
Julián soltó aire mediante un suspiro irritado, como si hubiese querido evitar esta conversación.
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