Después de heredar 200 millones de dólares, corrí a casa para contarle la increíble noticia a mi esposo. Pero antes de llegar, un accidente repentino me llevó al hospital. Él nunca vino. Cuando lo llamé, dijo que estaba demasiado ocupado. Días después apareció… con su nueva esposa, y en cuanto sus ojos se cruzaron con los míos, ella murmuró: —Espera… ella es mi…

—Camila es mi esposa —dijo finalmente.

Esas palabras me atravesaron como una cuchilla helada. Sentí que el mundo se inclinaba bajo mis pies. Apreté la baranda de la cama para no perder el equilibrio emocional que ya pendía de un hilo.

—¿Tu esposa? ¿Desde cuándo? —mi voz sonó extrañamente calmada, casi ajena.

—Desde hace tres meses —respondió él, como si hablara del clima.

Tres meses. Tres meses mientras aún dormía en nuestra cama, desayunaba conmigo, planeábamos pagar la hipoteca. Tres meses donde yo, ingenua, creía que simplemente estaba estresado por el trabajo.

Camila dio un paso hacia mí, como si quisiera explicar algo más.

—No sabía que estabas… que existías —dijo con sinceridad visible—. Él me dijo que estaba divorciado desde hace un año. Que tú te habías ido del país. Que no tenían contacto.

Mi corazón empezó a latir tan rápido que el monitor cardiaco junto a mi cama emitió pitidos inestables. Julián tensó los hombros, incómodo. El engaño no era solo hacia mí; él había construido una vida paralela, una ficción suficiente para casar a otra mujer.

—¿Por qué viniste ahora? —pregunté, conteniendo las lágrimas.

—Porque ella insistió —respondió Julián, señalando a Camila con la cabeza—. Yo no quería venir. Ella dijo que un accidente era serio.

Camila me miró con genuina compasión.

—Cuando vi tu nombre en el registro del hospital, me asusté. Mi madre tiene el mismo apellido de soltera que tú. Pensé que tal vez éramos parientes lejanas… pero cuando te vi, supe que no. Supe que había algo más grave.

Julián apretó la mandíbula.

—Camila, vámonos. Esta conversación no lleva a nada.

Pero ella no se movió.

—¿Por qué no se lo dijiste? —le preguntó con voz firme—. ¿Por qué casarte conmigo si seguías casado con ella?

Silencio.

Un silencio espeso, tóxico, casi palpable.

Yo observé a Julián y lo vi de un modo que jamás lo había visto. Ya no era el hombre con quien me casé, sino un desconocido capaz de vidas paralelas, mentiras elaboradas y decisiones cobardes.

—Porque no quería perder lo que ella iba a recibir —respondió él finalmente.

Las palabras quedaron flotando antes de que yo pudiera entenderlas.

—¿Lo que yo iba a recibir? —pregunté.

Camila abrió los ojos de sorpresa.

Y en ese instante comprendí que Julián sabía de la herencia.

Antes de que yo siquiera lograra contárselo.

No recuerdo exactamente cómo reaccioné en el primer minuto después de escuchar que Julián sabía de la herencia. Fue como si mi cerebro hubiese sido sumergido en agua helada, paralizado. Lo miré, buscando en sus ojos alguna señal de arrepentimiento, alguna explicación razonable, pero lo único que encontré fue irritación. Irritación porque su plan se había desmoronado.

—¿Cómo lo supiste? —conseguí articular.

—Entré a tu correo —respondió sin pudor—. La computadora estaba abierta. Vi el mensaje del bufete. No pensé que fuera real hasta que llamé. Confirmaron que heredabas una fortuna ridícula y… bueno, sabía que si me divorciaba antes de que la recibieras, no vería ni un centavo.

Camila dio un paso atrás, horrorizada.

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