—¿Usaste nuestro matrimonio para quedarte con dinero que ni siquiera era tuyo? —preguntó ella.
Él no respondió. Eso fue suficiente.
Desde ese momento, algo dentro de mí se activó. Una mezcla de dolor y lucidez. Aquello no era solo traición; era un delito. Bigamia, fraude, invasión de privacidad. Julián no era un esposo confundido. Era un oportunista calculador.
—Camila —le dije—. ¿Sabías algo de esto?
—No —respondió, casi con lágrimas—. Dios mío, yo… pensé que él era un buen hombre. Pensé que empezaríamos una vida juntos. Yo… yo de verdad lo amaba.
La miré con más compasión de la que imaginé tener. Ella también había sido víctima, aunque de una manera distinta.
En ese instante entró una enfermera para revisar mis signos vitales y, al percibir la tensión, preguntó si todo estaba bien. Nadie respondió. Pero su presencia bastó para que Julián murmurara:
—No quiero más escenas. Me voy.
Camila lo detuvo tomándolo del brazo.
—No. Tú te quedas —dijo ella, temblando pero firme—. No voy a ser cómplice de tus mentiras.
Yo aproveché ese momento.
—Ya llamé a mi abogado —mentí, improvisando—. Y también a la policía para denunciar la bigamia.
El efecto fue inmediato. Julián se quedó inmóvil, con el rostro descompuesto. Camila lo soltó como si quemara.
—Yo… puedo explicarlo —farfulló él.
—No —interrumpió Camila—. Lo que vas a hacer es enfrentarte a la ley.
La puerta se cerró detrás de él cuando escapó pasillo abajo. Camila se desplomó en la silla, cubriéndose el rostro.
—Lo siento —dijo entre sollozos—. No sabía con qué tipo de hombre me casaba.
—No tienes que disculparte conmigo —respondí—. También te mintió a ti.
Los días siguientes fueron un torbellino. Consulté con un abogado real, que confirmó que tenía suficientes pruebas para una denuncia sólida: matrimonio simultáneo, acceso ilegal a mi correo, intención de fraude patrimonial. Camila, en un acto que me sorprendió, aceptó declarar en mi favor.
—No voy a permitir que siga dañando a más personas —me dijo.
El proceso judicial comenzó. Julián desapareció unas semanas, pero finalmente fue localizado. La noticia de la bigamia llegó a su entorno laboral, y perdió su empleo. Su familia se distanció. El juicio avanzó.
Mientras tanto, mi herencia se hizo efectiva.
No la recibí con alegría. Era dinero teñido de pérdidas personales, de traiciones profundas. Pero también representaba una libertad nueva: la posibilidad de empezar de cero sin la sombra de un hombre que nunca me quiso por lo que yo era, sino por lo que podía obtener de mí.
Camila volvió a visitarme un día.
—Solo quería decirte que me iré del país —comentó suavemente—. Necesito empezar de nuevo.
—Lo entiendo —le dije—. Y te deseo algo mejor que todo esto.
Antes de irse, me miró con una mezcla de respeto y tristeza.
—La primera vez que te vi… no pude terminar la frase —dijo—. Pero ahora sí. Pensé: “Ella es mi advertencia”. La mujer en la que yo podría convertirme si seguía creyendo en mentiras.
Nos abrazamos. No éramos amigas. No éramos familia. Pero compartíamos una historia que ninguna de las dos había pedido.
Cuando se fue, cerré los ojos, respiré hondo y reconocí una verdad simple: lo había perdido todo… excepto a mí misma.
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