Después de heredar 200 millones de dólares, corrí a casa para contarle la increíble noticia a mi esposo. Pero antes de llegar, un accidente repentino me llevó al hospital. Él nunca vino. Cuando lo llamé, dijo que estaba demasiado ocupado. Días después apareció… con su nueva esposa, y en cuanto sus ojos se cruzaron con los míos, ella murmuró: —Espera… ella es mi…

Y eso, finalmente, era lo más valioso.

Los meses posteriores al juicio fueron una mezcla de alivio y cansancio emocional. Aunque Julián enfrentaba cargos por bigamia y fraude, la justicia avanzaba con la lentitud habitual. Yo había regresado a mi casa, aunque ya no la sentía como un hogar. Sus recuerdos aún ocupaban rincones que no quería enfrentar: fotografías guardadas, recibos a su nombre, libros que él había comprado y que yo nunca leí. Era como convivir con un fantasma emocional, uno totalmente real.

Mi abogado, Clara Domínguez, me recomendó tomarme un tiempo fuera del país.

—Has pasado por demasiado —me dijo—. Necesitas un respiro, aunque sea breve.

Tenía razón. Así que, por primera vez en mucho tiempo, hice algo solo para mí. Viajé a Lisboa, una ciudad que había querido conocer desde siempre. Caminé por las calles empedradas, probé pasteles de nata, me senté frente al río Tajo y dejé que el viento se llevara algo del peso que seguía cargando. Por momentos me descubrí sonriendo sin culpa.

Fue allí donde recibí una llamada inesperada.

Era Camila.

Tardé unos segundos en decidir si contestar, pero finalmente lo hice.

—Hola —dijo ella con voz suave—. Perdona que llame. Solo quería informarte… Julián aceptó un acuerdo.

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

—¿Qué tipo de acuerdo?

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