Después de que mi esposo me echara, usé la tarjeta vieja de mi padre. El banco entró en pánico; me quedé en shock cuando...

Se quedó paralizado. Entonces algo dentro de él se quebró. "¿Sabes qué? Si tan infeliz eres aquí, vete". Al principio, pensé haber oído mal. "¿Qué?" "Vete." Señaló la puerta. "Toma tus cosas y vete." "¿Me estás echando? ¿Por ella?" "No", dijo con frialdad. "Te echo porque te has convertido en una carga. Estoy harta."

Me quedé allí, paralizada, hasta que sacó una maleta del armario y la tiró al suelo. Fue entonces cuando comprendí —de verdad comprendí— que iba en serio. Quería borrón y cuenta nueva. El divorcio. Y que yo no estuviera cerca de su vida. Empaqué lo que pude, con las manos temblorosas, y salí a la fría noche de Denver. Sentada al volante del viejo Honda de mi padre, contemplando lo único que aún llevaba en el bolso: la vieja tarjeta metálica negra que me había dado. No tenía el logo del banco, solo un pequeño escudo grabado: un águila envolviendo un escudo. No tenía ni idea de a qué banco pertenecía. Ni idea de cuánto valía. No tenía ni idea de por qué un hombre como mi padre tendría algo tan… único. Pero ahora estaba sin hogar. Con 138 dólares en mi cuenta corriente y dos años sin trabajo, no tenía otra opción.

2. El desliz que lo empezó todo
A la mañana siguiente, con frío y exhausta, conduje hasta una pequeña posada cerca del centro de Boulder. El lugar olía a café y madera de cedro y parecía lo suficientemente modesto como para que no me hicieran una verificación de antecedentes exhaustiva. "¿Cuántas noches?", preguntó el recepcionista. "Solo una", dije. Me pasó el lector de tarjetas. Mis dedos se posaron sobre la cremallera de mi bolso. Tragué saliva, saqué la tarjeta metálica y la inserté.

Durante dos segundos, no pasó nada. Entonces, los ojos del recepcionista se abrieron de par en par. "Eh... ¿señora? Un segundo".

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