Después de que nuestro bebé falleciera durante el parto, mi esposo me dijo con ternura: «No fue tu culpa», antes de salir silenciosamente de la habitación. Me quedé allí en silencio, aturdida por el dolor. Entonces entró mi hijo de cinco años, se acercó y susurró: «Mamá... ¿quieres saber qué pasó de verdad? Mira esto...».

"Siempre te protegeré, mami", dijo.

La abracé fuerte. "Y ahora es el turno de mami de protegerte".

Pasó un año. La vida se volvió más tranquila. Los fines de semana, hacíamos picnics en el parque; la risa reemplazaba al miedo. Al ver a Nira correr por el césped, comprendí que la familia no se define por la sangre ni por los títulos. Se define por el amor, la protección y el sacrificio.

Jace había sido mi esposo, pero nunca fue de la familia.

Nira sí lo fue.

"¡Mami, mira!", me dijo un día, entregándome flores.

"Son preciosas", respondí, besándola en la mejilla. "Eres mi tesoro".

Al atardecer, caminamos a casa de la mano.

"Te quiero, mami".
"Yo también te quiero, Nira".

No importa lo que nos depare el futuro, juntos somos más fuertes que cualquier mal. El vínculo entre una madre y su hijo es inquebrantable.

Cuando apareció la primera estrella, creí que era mi bebé cuidándonos. Y en mi corazón, susurré: "Gracias. Tu hermana me salvó. Ahora estoy bien".

Seguimos caminando —hoy, mañana y siempre— eligiendo una vida de valentía, amor y esperanza.

Y me pregunté:
Si la persona en la que más confiabas intentara destruirte por dinero, pero tu hijo arriesgara todo para salvarte, ¿volverías a confiar en ella o construirías un mundo destinado solo a protegerlos a ambos?

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