El mundo se quedó en silencio.
"No", susurré con voz ronca. "Eso no es cierto. Por favor, compruébenlo de nuevo".
El doctor bajó la cabeza. "No sabemos por qué. El feto se debilitó rápidamente. Hicimos todo lo posible".
No podía aceptarlo. Mi mente se volvió introspectiva, cruel e implacable. Es mi culpa. Mi cuerpo le falló. Las lágrimas no paraban. El bebé que había vivido dentro de mí, que se había movido y pateado, se había ido.
Después de la cirugía, me trasladaron a una habitación privada. Jace entró rápidamente.
"No es tu culpa", dijo, abrazándome. Pero sus brazos se sentían vacíos. Sus palabras parecían ensayadas. No me di cuenta, o quizás me negué.
"Voy a salir un rato", dijo, y se fue.
"No te vayas", quise decir. Pero no pude hablar.
Sola, lloré hasta sentirme vacía. La luz del sol entraba a raudales por la ventana. Afuera, el mundo seguía: coches pasando, gente riendo, pájaros cantando. Pero mi mundo se había detenido.
¿Por qué había pasado esto? ¿Qué le diría a Nira? ¿Que no podíamos darle un hermano?
Las lágrimas empaparon mi almohada. El agotamiento me agotó. Por primera vez, me pregunté si quería seguir viviendo con este dolor.
En ese momento, la puerta se abrió con un crujido.
Una pequeña sombra estaba allí.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
