Nira continuó. Había docenas de fotos. Jace hablando por teléfono a altas horas de la noche en la sala. Jace conociendo a una mujer en una tranquila esquina. Llevaba un uniforme de enfermera de este mismo hospital. Sonreían. Íntimos. Cercanos.
Luego, un archivo de audio.
Nira pulsó el botón de reproducción.
La voz de Jace llenó la habitación. "Ya falta poco. Todo va exactamente según lo planeado".
Una mujer respondió, inquieta. "¿Estás segura de que no nos pillarán?".
"Es perfecto", dijo Jace con calma. "En cuanto el seguro pague, seremos libres".
Seguro.
La palabra resonó en mi cabeza. Tenía un gran seguro de vida; uno que Jace había insistido en contratar dos años antes. Para la familia, dijo. Firmé sin dudarlo.
La grabación continuó.
"¿Y si el bebé sobrevive?", preguntó la mujer.
La respuesta de Jace fue fría, tajante. "No lo hará. Seguiré drogándola hasta que aborte. Estará emocionalmente destrozada. Entonces le daré suficientes pastillas para dormir como para que parezca un suicidio: depresión posparto. Limpio. Fácil".
La mujer se rió. "Diez millones de dólares. Nuestra nueva vida".
Sus risas me traspasaron. Aflojé la tableta. Me sentí vacía, paralizada. Él lo había planeado todo. Ya había matado a nuestro hijo. Y yo era la siguiente.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
