"Nira...", me tembló la voz. "¿Cómo conseguiste todo esto?"
Las lágrimas corrían por su rostro. "Papá andaba a escondidas por la noche", susurró. “Pensé que te ocultaba algo. Así que le tomé fotos con mi iPad de juguete.”
Al principio, no lo entendió. Pero cuando escuchó la grabación, se dio cuenta de la verdad. “Tenía miedo”, dijo en voz baja. “Pero sabía que tenía que proteger a mamá.”
Mi hija de cinco años había soportado este terror sola.
La abracé, abrazándola fuerte mientras su pequeño cuerpo se estremecía. “Lo siento mucho, Nira. Mamá no lo vio. Gracias… gracias por salvarme.”
“Tenía miedo de papá”, sollozó, “pero quería ayudarte.”
Y de repente, todo cobró sentido: la enfermedad inexplicable, la confusión del médico, los suplementos que Jace preparaba con tanto cariño, las llamadas a medianoche, las desapariciones del fin de semana. Incluso el retraso antes de ir al hospital. El viaje lento. Cada segundo había sido calculado.
Mi bebé no había muerto por casualidad.
Jace lo había matado.
El miedo me invadió, agudo y urgente. ¿Y si regresa ahora? ¿Y si el plan no está terminado?
"Nira", dije en voz baja, forzando la calma, "pulsa el botón de llamada".
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