Después de un terrible accidente que me dejó discapacitada, mi esposo me obligó a pagarle para que me cuidara. Al final lloró.

Después de un accidente automovilístico que me confinó a una silla de ruedas durante meses, supuse que volver a aprender a caminar sería el mayor desafío. Me equivoqué: la verdadera lucha llegó cuando descubrí cuánto valoraba mi esposo mi cuidado.
Soy una mujer de 35 años y, antes del accidente, yo era el pegamento que mantenía unido mi matrimonio.

Cubrí la mayoría de nuestros gastos.

 

Gestioné cada cita, cada llamada, cada momento de "¿Puedes encargarte de esto, cariño? Soy mala con el papeleo".

Siempre que mi esposo quería cambiar de trabajo o "tomarse un descanso y resolver las cosas", me sentaba con las hojas de cálculo y lo hacía posible. Trabajaba horas extra. Lo animaba. Nunca llevaba la cuenta de quién daba más. Creía que el matrimonio se basaba en el trabajo en equipo y que las cosas se equilibrarían con el tiempo.

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