Dos días antes de la boda, Isabella Carter sintió que su vida daba un giro brusco. Ella y su prometido, Daniel Brooks, llevaban más de dos años construyendo una relación estable, basada—al menos eso creía ella—en la comunicación y el respeto. Pero aquella tarde de jueves, mientras Isabella preparaba los últimos detalles de la ceremonia, la puerta de su apartamento se abrió de golpe. Allí estaba Margaret, la madre de Daniel, empujando un carrito con quince cajas enormes, seguidas por otras más pequeñas.
—Estas son mis cosas. Me mudaré aquí en cuanto ustedes firmen los papeles —anunció con un tono que no admitía discusión.
Isabella creyó haber oído mal. Pero antes de que pudiera reaccionar, Daniel llegó detrás de su madre, sonriente, cargando dos cajas más como si aquello fuera completamente normal.
—Amor, mi mamá va a quedarse con nosotros un tiempo. Ya lo hablaremos, ¿sí? —dijo él, esquivando la mirada de Isabella.
Ese “tiempo” sonó como una condena. En cuestión de minutos, la sala quedó invadida por los objetos de Margaret: vajillas antiguas, ropa, un equipo de costura, incluso su colección de teteras. La mujer caminaba por el apartamento evaluándolo todo, murmurando: “Esto habrá que cambiarlo… este color es terrible… y aquí irá mi sillón”.
Isabella sintió un nudo en la garganta. Daniel no decía nada. No la defendía. No preguntaba. No pensaba en lo que significaría ese cambio para la vida que estaban a punto de empezar.
Esa noche, Margaret decidió quedarse a dormir “para ahorrar viajes”. Isabella y Daniel discutieron en la cocina: él insistía en que era temporal; ella le recordó que él jamás mencionó nada sobre compartir la casa con su madre. Él alzó la voz. Ella no lloró, pero una certeza se instaló silenciosa en su pecho: si así empezaba el matrimonio, peor sería después.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
