A medianoche, sentada en la oscuridad del salón lleno de cajas ajenas, Isabella tomó una decisión que le hizo temblar las manos, pero también recobrar el aire. La boda sería en menos de diez horas… y ella ya sabía qué debía hacer.
La mañana del gran día llegaría con un silencio ensordecedor y una nota que dejaría a Daniel paralizado.
El amanecer del día de la boda encontró a Daniel solo. Se incorporó confundido; el apartamento estaba… vacío. No solo no estaba Isabella: tampoco estaban los muebles que habían elegido juntos, ni los arreglos florales que habían preparado para la recepción íntima que pensaban hacer después de la ceremonia. Todo lo que quedaba eran las quince cajas de su madre, apiladas en una esquina.
—¿Isabella? Amor, ¿dónde estás? —preguntó, caminando de habitación en habitación.
En la encimera de la cocina encontró un sobre. Su nombre estaba escrito con una caligrafía firme, sin temblor. Lo abrió con manos sudorosas.
“Daniel,
No puedo casarme con alguien que decide por nosotros sin consultarme.
No puedo comenzar un matrimonio en el que debo competir con tu madre por espacio, límites y respeto.
Te quiero, pero no tanto como para renunciar a mi paz.
Cuando estés listo para vivir como pareja adulta, quizá podamos hablar.
Hoy no me esperes.
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