Isabella.”
Daniel sintió el aire escapársele del pecho. Su primera reacción fue llamar desesperadamente, pero el teléfono de ella estaba apagado. Corrió al salón y encontró a Margaret acomodando sus cosas sobre la mesa.
—¿Dónde está Isabella? —exigió él.
Ella respondió encogiéndose de hombros: —Supongo que por fin entendió que la vida real es dura. Ya te dije que necesitabas a alguien más fuerte, no una niña que se ofende por todo.
Aquellas palabras golpearon a Daniel como un puñetazo. Por primera vez vio con claridad lo que Isabella había intentado decirle: su madre no quería integrarse, sino dominar. Y él lo había permitido.
Horas después, en la iglesia llena de invitados confundidos, Daniel se presentó solo ante el altar. Tomó el micrófono, respiró hondo y dijo:
—La boda no se realizará. Yo soy el responsable. Y espero que un día Isabella pueda perdonarme.
La noticia corrió entre familiares y amigos. Margaret salió furiosa del lugar, insultándolo por “arruinarlo todo”. Pero esa misma tarde, Daniel empaquetó cada una de sus cajas, las llevó de vuelta a su casa y le pidió que dejara su vida en paz.
Esa noche, solo en el apartamento vacío, leyó la nota de Isabella una y otra vez, incapaz de dormir. Y mientras el silencio se hacía más profundo, tomó una determinación.
La encontraría. Y le diría lo que debió decir desde el primer momento.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
