Dos días antes de la boda, mi suegra arrastró quince cajas dentro de mi apartamento diciendo: “Estas son mis cosas, me mudaré aquí justo después de que firmemos los papeles.” Mi prometido la ayudó encantado a cargarlo todo. Pero en la mañana de la boda, él despertó solo en un apartamento vacío, con una nota que lo dejó atónito.

Hablaron largas horas. No hubo abrazos precipitados ni decisiones impulsivas. Al caer la tarde, ella dijo:
Podemos intentarlo. Pero paso a paso. Sin prisas. Sin convivencia por ahora.

Daniel sonrió, aliviado.
Lo que tú necesites. Esta vez te escucho.

Y así, con cautela y madurez, comenzaron una nueva etapa. No era un final perfecto, pero sí uno verdadero: dos adultos reconstruyendo algo valioso, con respeto y límites claros.

Antes de despedirse, Isabella le devolvió la nota que él había guardado tanto tiempo.
Quizá un día no la necesitemos más —dijo ella.

Daniel sintió que, por primera vez, tenían una oportunidad real.

**¿Te gustaría que escribiera una continuación, un giro alternativo o una versión desde la perspectiva de Daniel o de Margaret?

Si eres hispanohablante, cuéntame: ¿qué habrías hecho tú en el lugar de Isabella?*

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.