Mi esposa, Sofía, y yo hemos estado casados por más de tres años.
Durante todo este tiempo, nada me había dado motivos para dudar de ella.
Sofía es tranquila y amable por naturaleza, siempre serena.
A menudo pienso: “Qué afortunado soy de tener una esposa así.”

Pero esa tarde —un día cualquiera en Ciudad de México— mi confianza se vio sacudida.
Esa mañana, Sofía me había enviado un mensaje:
“Estoy muy cansada… tengo dolor de cabeza y fiebre, hoy descansaré.”
Le pregunté si quería ir al médico, y ella respondió:
“No hace falta. Solo quiero descansar un poco.”
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