Durante siete años, todas las noches fueron iguales para Eduardo Monteiro. Se despertaba a las seis en punto, no porque tivesse vontade, sino porque su cuerpo había memorizado la rutina como quien memoriza una salida de emergencia. Estiraba la mano derecha exactamente cuarenta y dos centímetros hasta la mesita de noche, encontraba el despertador, lo apagaba y volvía a escuchar el mismo silencio espeso de siempre. Sentaba los pies descalzos sobre el mármol frío, contaba doce pasos hasta el baño, giraba a la izquierda, tres pasos más hasta la pia. Todo medido, todo controlado, cada cosa en su lugar.

Durante siete años, todas las noches fueron iguales para Eduardo Monteiro.

Se despertaba a las seis en punto, no porque tivesse vontade, sino porque su cuerpo había memorizado la rutina como quien memoriza una salida de emergencia. Estiraba la mano derecha exactamente cuarenta y dos centímetros hasta la mesita de noche, encontraba el despertador, lo apagaba y volvía a escuchar el mismo silencio espeso de siempre. Sentaba los pies descalzos sobre el mármol frío, contaba doce pasos hasta el baño, giraba a la izquierda, tres pasos más hasta la pia. Todo medido, todo controlado, cada cosa en su lugar.

Cuando uno no ve, la desorganización no es solo molestia: es peligro.

Eduardo se bañaba con la precisión de un cirujano; el jabón siempre en el mismo rincón, la toalla siempre en la tercera barra cromada. Se vestía sin ayuda: camisa social azul marino, pantalón de alfaiatería impecable, zapatos ingleses que valían más que el salario de tres familias juntas. Ropa elegante que nadie veía. Apariencia perfecta para nadie.

Bajaba las escaleras sosteniendo el pasamanos con la mano izquierda. Veintitrés escalones, nunca más, nunca menos. Al final, su Augusto, el mayordomo, lo esperaba como todos los días.

—Bom dia, Dr. Eduardo.
—Bom dia —respondía él, con la voz correcta y vacía de siempre.

La mesa del desayuno estaba servida como si fueran a llegar invitados: pan francés con mantequilla, café negro, jugo de naranja que él nunca tocaba. Los cubiertos colocados como si alguien hubiera usado una regla invisible. Eduardo comía en silencio, escuchando solo su propia respiración rebotar en el salón enorme, interrumpida por el tictac obsesivo de un reloj suizo en la pared.

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