Durante siete años, todas las noches fueron iguales para Eduardo Monteiro. Se despertaba a las seis en punto, no porque tivesse vontade, sino porque su cuerpo había memorizado la rutina como quien memoriza una salida de emergencia. Estiraba la mano derecha exactamente cuarenta y dos centímetros hasta la mesita de noche, encontraba el despertador, lo apagaba y volvía a escuchar el mismo silencio espeso de siempre. Sentaba los pies descalzos sobre el mármol frío, contaba doce pasos hasta el baño, giraba a la izquierda, tres pasos más hasta la pia. Todo medido, todo controlado, cada cosa en su lugar.

—Hoy no vamos a cenar aquí, mi amor.

—¿Por qué? —preguntó Clara, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Dudu es mi amigo!

Joana tragó el nudo en la garganta.

—A veces… los amigos grandes tienen problemas grandes. Y necesitan tiempo.

Esa noche, Clara se durmió llorando, llamando a Dudu. Y Joana, sola en la cocina de su pequeño departamento, escribió una carta. Le agradeció a Eduardo por dejar entrar a su hija en aquella casa, por haberla tratado con cariño, por haber comprado un perro solo porque ella se lo pidió. Le explicó que se irían al interior, a la casa de su hermana, porque sabía que “gente como ella” no mezclaba con “gente como él”.

Solo pidió una cosa:

“No vuelva al silencio. No vuelva a la soledad. Usted merece más.”

Eduardo apretó la carta contra el pecho. Cuando su Augusto terminó de leer, casi no podía respirar. Dentro del sobre, había un dibujo: dos muñecos de palitos, uno grande y uno pequeño, tomados de la mano. Abajo, con letras torcidas, decía: “Dudu + Clara, amigos para siempre”.

—Augusto —dijo, poniéndose de pie de golpe—. ¿Tú sabes dónde vive Joana?

—Sé, señor.

—Llévame. Ahora.

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