Durante siete años, todas las noches fueron iguales para Eduardo Monteiro. Se despertaba a las seis en punto, no porque tivesse vontade, sino porque su cuerpo había memorizado la rutina como quien memoriza una salida de emergencia. Estiraba la mano derecha exactamente cuarenta y dos centímetros hasta la mesita de noche, encontraba el despertador, lo apagaba y volvía a escuchar el mismo silencio espeso de siempre. Sentaba los pies descalzos sobre el mármol frío, contaba doce pasos hasta el baño, giraba a la izquierda, tres pasos más hasta la pia. Todo medido, todo controlado, cada cosa en su lugar.

El camino hasta la casa de Joana fue una batalla contra el tiempo. El tráfico se detuvo por un accidente, la lluvia cayó como un balde de agua del cielo, Eduardo se negó a quedarse en el coche. Bajó, se dejó guiar por el brazo de su Augusto, corrió aunque no estaba acostumbrado, tropezó, se golpeó la rodilla, sangró. No importaba.

Cada paso era una decisión: esta vez no iba a huir, no iba a rendirse, no iba a dejar que el miedo hablara por él.

Cuando por fin llegaron al portón verde con el número 428, Eduardo golpeó con fuerza.

—¡Joana!

Nada.

Golpeó de nuevo. Una vecina salió de la casa de al lado.

—Ella se fue —dijo, con pena—. Se fue esta mañana, con la niñita y las maletas.

El mundo se detuvo. Eduardo sintió que todo el esfuerzo había sido en vano, como si estuviera reviviendo el accidente: otra vez demasiado tarde, otra vez perdiendo a quienes amaba. Se dejó caer de rodillas en el suelo mojado, apoyando la frente contra las rejas heladas.

Entonces escuchó una vocecita, aguda, inconfundible, gritando su nombre:

—¡Dudu!

Eduardo levantó la cabeza, sin creer.

—¡Mamá, es él, es Dudu!

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