El camino hasta la casa de Joana fue una batalla contra el tiempo. El tráfico se detuvo por un accidente, la lluvia cayó como un balde de agua del cielo, Eduardo se negó a quedarse en el coche. Bajó, se dejó guiar por el brazo de su Augusto, corrió aunque no estaba acostumbrado, tropezó, se golpeó la rodilla, sangró. No importaba.
Cada paso era una decisión: esta vez no iba a huir, no iba a rendirse, no iba a dejar que el miedo hablara por él.
Cuando por fin llegaron al portón verde con el número 428, Eduardo golpeó con fuerza.
—¡Joana!
Nada.
Golpeó de nuevo. Una vecina salió de la casa de al lado.
—Ella se fue —dijo, con pena—. Se fue esta mañana, con la niñita y las maletas.
El mundo se detuvo. Eduardo sintió que todo el esfuerzo había sido en vano, como si estuviera reviviendo el accidente: otra vez demasiado tarde, otra vez perdiendo a quienes amaba. Se dejó caer de rodillas en el suelo mojado, apoyando la frente contra las rejas heladas.
Entonces escuchó una vocecita, aguda, inconfundible, gritando su nombre:
—¡Dudu!
Eduardo levantó la cabeza, sin creer.
—¡Mamá, es él, es Dudu!
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