Durante siete años, todas las noches fueron iguales para Eduardo Monteiro. Se despertaba a las seis en punto, no porque tivesse vontade, sino porque su cuerpo había memorizado la rutina como quien memoriza una salida de emergencia. Estiraba la mano derecha exactamente cuarenta y dos centímetros hasta la mesita de noche, encontraba el despertador, lo apagaba y volvía a escuchar el mismo silencio espeso de siempre. Sentaba los pies descalzos sobre el mármol frío, contaba doce pasos hasta el baño, giraba a la izquierda, tres pasos más hasta la pia. Todo medido, todo controlado, cada cosa en su lugar.

Los pasitos apresurados se acercaron. Clara se plantó del otro lado del portón, empapada bajo la lluvia, con los ojos brillantes.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, entre sorprendida y feliz.

—Vine a buscarte —respondió él, con la voz rota.

Joana llegó corriendo, cargando una maleta en una mano y un paraguas roto en la otra. Se quedó paralizada al verlo ensangrentado, temblando, agarrado a las rejas como si de ellas dependiera su vida.

—Dr. Eduardo…

—No te vayas —dijo él, entrando casi tropezando cuando ella abrió el portón—. Por favor, no te vayas.

—No puedo quedarme —susurró Joana—. Su hermana…

—A mi hermana que le importe lo que quiera. Yo ya decidí.

—¿Y su empresa? ¿Su casa? ¿Su dinero?

Eduardo respiró hondo.

—Nada de eso tiene sentido si vuelvo a cenar solo.

Clara tiró de su saco.

—¿De verdad viniste por mí?

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.