Durante siete años, todas las noches fueron iguales para Eduardo Monteiro. Se despertaba a las seis en punto, no porque tivesse vontade, sino porque su cuerpo había memorizado la rutina como quien memoriza una salida de emergencia. Estiraba la mano derecha exactamente cuarenta y dos centímetros hasta la mesita de noche, encontraba el despertador, lo apagaba y volvía a escuchar el mismo silencio espeso de siempre. Sentaba los pies descalzos sobre el mármol frío, contaba doce pasos hasta el baño, giraba a la izquierda, tres pasos más hasta la pia. Todo medido, todo controlado, cada cosa en su lugar.

Renata lo miró como si no lo reconociera. Durante años lo había visto roto, apagado, obediente. Ahora había algo nuevo en él: determinación.

—¿De verdad sientes algo por ellas? —preguntó, casi en un susurro.

—No “siento algo”. Las amo —respondió sin titubear—. Y estoy cansado de vivir para no arriesgarme a sufrir.

Renata miró a Joana, luego a Clara; por primera vez, vio más allá del prejuicio. Vio cómo la niña se aferraba al cuello de Eduardo como si ese hombre fuera su puerto. Vio cómo Joana sostenía la mano de él con respeto, no con ambición. Vio la luz en un par de ojos que no veían.

Guardó los papeles en el bolso.

—Eres un idiota —dijo, con la voz quebrada—. Pero eres mi idiota. Si ella te lastima, juro que…

—No lo voy a lastimar —interrumpió Joana, firme.

Renata asintió, se dio la vuelta y se fue. Aquella puerta que durante años se había cerrado sobre silencios pesados se cerró, esta vez, dejando del lado de adentro algo que nunca antes había habitado la mansión: una familia.

El tiempo pasó.

La mansión ya no era un museo silencioso, sino una casa viva. El suelo perfecto del corredor tenía marcas de patitas de perro que su Augusto había decidido dejar. La biblioteca, antes intocable, tenía dibujos de Clara pegados en las estanterías. En la cocina siempre había olor a algo horneándose, a veces rico, a veces quemado.

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