Renata lo miró como si no lo reconociera. Durante años lo había visto roto, apagado, obediente. Ahora había algo nuevo en él: determinación.
—¿De verdad sientes algo por ellas? —preguntó, casi en un susurro.
—No “siento algo”. Las amo —respondió sin titubear—. Y estoy cansado de vivir para no arriesgarme a sufrir.
Renata miró a Joana, luego a Clara; por primera vez, vio más allá del prejuicio. Vio cómo la niña se aferraba al cuello de Eduardo como si ese hombre fuera su puerto. Vio cómo Joana sostenía la mano de él con respeto, no con ambición. Vio la luz en un par de ojos que no veían.
Guardó los papeles en el bolso.
—Eres un idiota —dijo, con la voz quebrada—. Pero eres mi idiota. Si ella te lastima, juro que…
—No lo voy a lastimar —interrumpió Joana, firme.
Renata asintió, se dio la vuelta y se fue. Aquella puerta que durante años se había cerrado sobre silencios pesados se cerró, esta vez, dejando del lado de adentro algo que nunca antes había habitado la mansión: una familia.
El tiempo pasó.
La mansión ya no era un museo silencioso, sino una casa viva. El suelo perfecto del corredor tenía marcas de patitas de perro que su Augusto había decidido dejar. La biblioteca, antes intocable, tenía dibujos de Clara pegados en las estanterías. En la cocina siempre había olor a algo horneándose, a veces rico, a veces quemado.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
