Durante siete años, todas las noches fueron iguales para Eduardo Monteiro. Se despertaba a las seis en punto, no porque tivesse vontade, sino porque su cuerpo había memorizado la rutina como quien memoriza una salida de emergencia. Estiraba la mano derecha exactamente cuarenta y dos centímetros hasta la mesita de noche, encontraba el despertador, lo apagaba y volvía a escuchar el mismo silencio espeso de siempre. Sentaba los pies descalzos sobre el mármol frío, contaba doce pasos hasta el baño, giraba a la izquierda, tres pasos más hasta la pia. Todo medido, todo controlado, cada cosa en su lugar.

Y la mesa de jantar… ya no mostraba quince sillas vacías y una ocupada, sino tres cubiertos puestos cada noche a las siete: Eduardo en la cabecera, Clara a la derecha, Joana a la izquierda.

Eduardo empezó a delegar en la empresa, a confiar en un nuevo CEO. Tenía claro, por fin, que su valor no estaba en cuántos contratos podía leer en un día, sino en cuántas risas podía escuchar en su propia casa.

Una tarde de sábado, llamó a Joana y Clara al salón. Tenía una cajita pequeña en la mano. Las piernas le temblaban más que el día del accidente.

—Tengo algo importante que decir —anunció.

Clara se sentó en el sofá, moviendo las piernas, curiosa.

—¿Es sorpresa?

—Más o menos —sonrió Eduardo.

Se arrodilló frente a Joana, abrió la cajita con un anillo sencillo pero lleno de significado, y respiró hondo.

—Joana Martins, tú entraste aquí para limpiar pisos… y terminaste limpiando mi alma —dijo, con humor nervioso—. Me devolviste la risa, la esperanza y las ganas de vivir. No quiero pasar un solo día sin ti y sin Clara. ¿Te casarías conmigo?

Joana se llevó las manos a la boca, con lágrimas en los ojos.

—Mamá, di que sí —gritó Clara—. ¡Quiero boda!

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