Durante siete años, todas las noches fueron iguales para Eduardo Monteiro. Se despertaba a las seis en punto, no porque tivesse vontade, sino porque su cuerpo había memorizado la rutina como quien memoriza una salida de emergencia. Estiraba la mano derecha exactamente cuarenta y dos centímetros hasta la mesita de noche, encontraba el despertador, lo apagaba y volvía a escuchar el mismo silencio espeso de siempre. Sentaba los pies descalzos sobre el mármol frío, contaba doce pasos hasta el baño, giraba a la izquierda, tres pasos más hasta la pia. Todo medido, todo controlado, cada cosa en su lugar.

Joana miró aquel hombre que había conocido roto y que ahora se ofrecía entero, aunque con cicatrices.

—¿Tienes certeza? —susurró.

—Más que de cualquier contrato que haya firmado en mi vida.

Ella sonrió entre lágrimas.

—Entonces sí.

El grito de alegría de Clara se mezcló con los ladridos de Sol. Eduardo abrazó a Joana y, por primera vez, dijo en voz alta lo que su corazón ya sabía hacía tiempo:

—Te amo.

Joana respondió sin dudar:

—Yo también te amo.

Tres meses después, se casaron en la veranda de la mansión, decorada con flores blancas. No había cientos de invitados, ni fotógrafos famosos, ni portadas de revista. Había unas veinte personas, la familia sencilla de Joana, algunos amigos, su Augusto emocionado y una Renata que lloró escondida detrás de la excusa de la “alergia”.

Clara, de vestido rosa, fue la damita que tiró pétalos por todos lados, especialmente encima de Sol, que intentaba comérselos. Eduardo, con un traje claro, esperó a Joana al sonido de un violín. No pudo verla entrar, pero pudo sentir el silencio admirado de los demás y el perfume suave que siempre la acompañaba.

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