Durante siete años, todas las noches fueron iguales para Eduardo Monteiro. Se despertaba a las seis en punto, no porque tivesse vontade, sino porque su cuerpo había memorizado la rutina como quien memoriza una salida de emergencia. Estiraba la mano derecha exactamente cuarenta y dos centímetros hasta la mesita de noche, encontraba el despertador, lo apagaba y volvía a escuchar el mismo silencio espeso de siempre. Sentaba los pies descalzos sobre el mármol frío, contaba doce pasos hasta el baño, giraba a la izquierda, tres pasos más hasta la pia. Todo medido, todo controlado, cada cosa en su lugar.

Intercambiaron votos simples: ella prometió hacerlo reír todos los días, él prometió no volver a cenar solo. Se besaron entre aplausos, y Clara anunció a todo pulmón:

—¡Ahora el Dudu es mi papá!

Eduardo la cargó en brazos.

—Si tú quieres, yo quiero —dijo, con la voz quebrada de emoción.

Cinco años después, en una tarde tranquila, Eduardo estaba sentado en la veranda con un bebé dormido en sus brazos: Té, de dos meses, el hijo que jamás pensó que tendría. Clara, con ocho años, leía en voz alta un libro que escogía cada noche. Joana, al lado, tejía algo pequeño, quizá una mantita, quizá una nueva forma de decir “te cuido” sin palabras.

Sol dormía a sus pies, más viejo, igual de leal.

—¿En qué piensas? —preguntó Joana.

—En cómo llegamos hasta aquí —respondió Eduardo, sonriendo—. En cómo una niña de dos años se atrevió a preguntarme si estaba solo y decidió sentarse conmigo.

Clara bajó el libro un instante.

—Dudu.

—¿Sí?

—¿Eres feliz?

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