Durante siete años, todas las noches fueron iguales para Eduardo Monteiro. Se despertaba a las seis en punto, no porque tivesse vontade, sino porque su cuerpo había memorizado la rutina como quien memoriza una salida de emergencia. Estiraba la mano derecha exactamente cuarenta y dos centímetros hasta la mesita de noche, encontraba el despertador, lo apagaba y volvía a escuchar el mismo silencio espeso de siempre. Sentaba los pies descalzos sobre el mármol frío, contaba doce pasos hasta el baño, giraba a la izquierda, tres pasos más hasta la pia. Todo medido, todo controlado, cada cosa en su lugar.

Eduardo sintió el peso cálido de Té sobre su pecho, escuchó la risa de Joana, el susurro de las hojas del jardín, el latido tranquilo que al fin había aprendido a reconocer como paz.

—Sí, hija. Soy muy feliz.

Ella sonrió satisfecha y volvió a leer.

Eduardo cerró los ojos que ya no veían desde hacía tanto, pero que, por primera vez, lo observaban todo: el amor, la luz, el futuro. Agradeció por haber sobrevivido al accidente, por haber encontrado a Joana, por haber dejado entrar a Clara aquella primera noche.

Y entendió, al fin, que el sentido de la vida no era no sufrir ni evitar las pérdidas, sino seguir caminando aunque duela, aunque dé miedo, aunque uno se sienta ciego y perdido. Porque, a veces, al final de un túnel larguísimo de oscuridad, la luz no llega en forma de milagro grandioso, sino en forma de una niña despeinada que se sube en una silla demasiado grande para ella y pregunta con la mayor naturalidad del mundo:

“¿Estás solito? Yo me siento contigo”.

Y esas cinco palabras, dichas con olor a shampoo barato y una terquedad preciosa, son suficientes para cambiarlo todo para siempre.

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