A las 7:30 se sentaba en su escritorio. Encendía el computador y una voz robótica leía correos, reuniones, contratos, números de producción. Eduardo gobernaba un imperio textil sin ver una sola tela, guiándose por teclas y voces metálicas. Tecleaba más rápido que muchos que podían ver, tomaba decisiones frías, acumulaba más dinero del que podría gastar en varias vidas.
Pero, al mediodía, almorzaba solo. Y a las siete de la noche llegaba el momento que más odiaba del día: la cena.
La mesa principal tenía espacio para dieciséis personas. Durante siete años, solo una silla estuvo ocupada: la de la cabecera, la suya. En la punta opuesta, ocho metros más lejos, la otra silla permanecía vacía como una herida abierta.
Su Augusto le servía el plato, siempre algo perfecto: filete al molho madeira, espárragos, puré suave. Eduardo cortaba la carne despacio, escuchando el sonido del cuchillo raspando la porcelana francesa. No había conversaciones, no había risas, no había vida. Solo el eco de un hombre que existía, pero ya no vivía.
Hasta que una noche, mientras llevaba el tenedor a la boca, escuchó unos pasitos pequeños corriendo sobre el mármol.
Se detuvo en seco.
Alguien, muy bajito, se acercó hasta él. El sonido de una silla siendo arrastrada, un pequeño esfuerzo, una respiración agitada. Entonces una voz aguda, clara, cristalina, rompió siete años de silencio:
—¿Estás solito?
Eduardo giró la cabeza hacia el sonido, desconcertado. No supo qué responder.
—Yo me siento contigo —anunció la voz.
Hubo otro ruido, la sillita balanceándose, un par de piernas pequeñas luchando por subir. Luego un suspiro victorioso:
—Listo.
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