Durante siete años, todas las noches fueron iguales para Eduardo Monteiro. Se despertaba a las seis en punto, no porque tivesse vontade, sino porque su cuerpo había memorizado la rutina como quien memoriza una salida de emergencia. Estiraba la mano derecha exactamente cuarenta y dos centímetros hasta la mesita de noche, encontraba el despertador, lo apagaba y volvía a escuchar el mismo silencio espeso de siempre. Sentaba los pies descalzos sobre el mármol frío, contaba doce pasos hasta el baño, giraba a la izquierda, tres pasos más hasta la pia. Todo medido, todo controlado, cada cosa en su lugar.

Esas cinco palabras, lanzadas por una niña que apenas sabía hablar bien, empezaron a quebrar la oscuridad que lo rodeaba desde el accidente. Y Eduardo no lo sabía aún, pero aquella pequeña que se había atrevido a invadir su mesa de soledad estaba a punto de cambiar no solo su rutina, sino toda su vida.

—¿Quién eres? —preguntó, todavía inmóvil.

—Clara —respondió la niña, como si fuera lo más obvio del mundo—. Tengo dos años. ¿Y tú?

—Cincuenta y dos.

—¡Guau, qué viejo! —comentó con absoluta sinceridad—. Pero está bien, mi abuela también es vieja y yo la quiero.

Antes de que Eduardo pudiera reaccionar, escuchó pasos apurados y una voz femenina desesperada.

—¡Clara! ¿Dónde te metiste? ¡Ay, meu Deus!

La mujer se detuvo en seco al ver la escena: la niña sentada al lado del patrón, las manitos apoyadas sobre la mesa.

—Perdón, Dr. Eduardo, perdón… Ella se escapó, yo estaba limpiando la cocina… Clara, baja de ahí ahora mismo.

—No —protestó la niña, cruzando los brazos—. Estoy cenando con el señor.

—Clara, por favor…

—¡Es que él está solito, mamá! Nadie puede cenar solito, es muy triste.

Las palabras, tan simples, se clavaron en el pecho de Eduardo como una verdad que nadie se había atrevido a decirle. En siete años, ni su hermana, ni sus socios, ni los empleados habían dicho una frase así. Nadie se había sentado frente a él. Nadie había cuestionado aquella soledad.

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