Durante siete años, todas las noches fueron iguales para Eduardo Monteiro. Se despertaba a las seis en punto, no porque tivesse vontade, sino porque su cuerpo había memorizado la rutina como quien memoriza una salida de emergencia. Estiraba la mano derecha exactamente cuarenta y dos centímetros hasta la mesita de noche, encontraba el despertador, lo apagaba y volvía a escuchar el mismo silencio espeso de siempre. Sentaba los pies descalzos sobre el mármol frío, contaba doce pasos hasta el baño, giraba a la izquierda, tres pasos más hasta la pia. Todo medido, todo controlado, cada cosa en su lugar.

Solo una niña de dos años.

Eduardo levantó la mano, pidiendo silencio.

—Está bien, dona Joana —dijo, buscando la voz de la mujer—. Puede dejarla.

Joana, la faxineira, se quedó paralizada.

—¿El señor tiene certeza?

—Tengo. Nadie debería cenar solo, ¿no? —repitió, devolviendo a Clara sus propias palabras.

La niña sonrió como si acabara de ganar un premio.

—¿Te gusta la papa? —preguntó Eduardo, acercando el plato hacia donde creía que estaba ella.

—Me gusta la papa frita. Esta está muy lisita.

Por primera vez en mucho tiempo, la comisura de sus labios se curvó. No era exactamente una sonrisa, pero se parecía mucho.

—Augusto —llamó—, trae papas fritas para la niña. Y un jugo de naranja.

Clara aplaudió. Joana no sabía si llorar, pedir disculpas o agradecer. Al final, solo se quedó ahí, mirando a su hija hablar sin filtro, preguntar por qué él siempre usaba lentes oscuros, por qué no miraba las cosas, por qué sus ojos no se movían.

—Porque no veo nada, Clara —respondió Eduardo, sin rodeos.

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