Durante siete años, todas las noches fueron iguales para Eduardo Monteiro. Se despertaba a las seis en punto, no porque tivesse vontade, sino porque su cuerpo había memorizado la rutina como quien memoriza una salida de emergencia. Estiraba la mano derecha exactamente cuarenta y dos centímetros hasta la mesita de noche, encontraba el despertador, lo apagaba y volvía a escuchar el mismo silencio espeso de siempre. Sentaba los pies descalzos sobre el mármol frío, contaba doce pasos hasta el baño, giraba a la izquierda, tres pasos más hasta la pia. Todo medido, todo controlado, cada cosa en su lugar.

Hubo un silencio breve, y después la niña se bajó de la silla, caminó hasta él y le tomó la cara con las dos manos pequeñas.

—Pues yo veo por ti —declaró, como si estuviera haciendo un trato importantísimo.

Ese día, Eduardo no cenó solo. Y al irse a dormir, se dio cuenta de algo extraño: el silencio de la casa seguía siendo el mismo, pero ya no dolía tanto. Tal vez porque, por primera vez en siete años, tenía algo que esperar al día siguiente.

Clara volvió.

Volvió la noche siguiente, y la otra, y la otra. Siempre a las siete en punto, justo cuando Eduardo se sentaba a la mesa. A veces llegaba corriendo, gritando “¡Dudu, llegué!”, otras se subía en silencio en la silla y decía apenas “hola, soy yo otra vez”. Pero siempre aparecía.

Su Augusto notó el cambio en la segunda semana.

—A partir de hoy, sirva dos platos —ordenó Eduardo—. Uno chiquito, con papas fritas y jugo de naranja.

Joana intentó protestar, avergonzada.

—Ella puede comer en casa después, no hace falta…

—La niña necesita cenar —respondió el mayordomo—. Y el señor Eduardo… bueno, el señor también.

La casa comenzó a cambiar. Primero fue una risita en la sala de jantar, luego un canto desafinado en el pasillo, una zapatilla diminuta olvidada bajo la mesa, bloques de plástico abandonados cerca del sofá. Eduardo pidió que no guardaran todo de inmediato.

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