Durante siete años, todas las noches fueron iguales para Eduardo Monteiro. Se despertaba a las seis en punto, no porque tivesse vontade, sino porque su cuerpo había memorizado la rutina como quien memoriza una salida de emergencia. Estiraba la mano derecha exactamente cuarenta y dos centímetros hasta la mesita de noche, encontraba el despertador, lo apagaba y volvía a escuchar el mismo silencio espeso de siempre. Sentaba los pies descalzos sobre el mármol frío, contaba doce pasos hasta el baño, giraba a la izquierda, tres pasos más hasta la pia. Todo medido, todo controlado, cada cosa en su lugar.

—Déjelo ahí, Augusto —dijo una tarde—. Me gusta escuchar cuando ella juega.

Clara preguntaba de todo, opinaba sobre todo, se enojaba si en su plato aparecían zanahorias cocidas y hacía un escándalo por un simple pudim de leche. Eduardo, sin darse cuenta, empezó a negociar con ella como un padre que educa y cede a la vez. Joana observaba desde la puerta, emocionada, mientras aquella niña que muchos consideraban “demasiado habladora” era, justamente, lo que lograba arrancar risas del hombre más serio que había conocido en su vida.

Una noche, cuando Clara ya se había marchado y la casa había vuelto a quedar tranquila, Joana se quedó un instante junto a la mesa.

—Gracias, Dr. Eduardo… por tener paciencia con ella.

—No me agradezca —respondió él, en voz baja—. Yo iba a tener un hijo.

La frase cayó pesada entre los dos. Joana se sentó despacio, sin atreverse a interrumpir. Eduardo continuó:

—Mi esposa estaba de cinco meses cuando tuvimos el accidente. Ya sabíamos que era niño. Ya tenía nombre… Té. Yo… yo manejé cansado. Y perdí a los dos.

Joana no dijo “no fue tu culpa”. Sabía que esas frases raramente consuelan. Solo puso su mano sobre el hombro de él.

—A veces la vida nos arranca algo… y tiempo después nos da otra cosa, no igual, pero también valiosa —murmuró—. La Clara está aprendiendo a comer zanahoria por tu culpa. Eso ya es algo.

Eduardo dejó escapar una risa breve y triste. No era lo mismo que criar a un hijo propio, pero sentir una manito agarrándole la camisa, escuchar un “mañana vuelvo” saliendo de una voz infantil… eso estaba llenando un espacio que él pensaba que jamás volvería a ocuparse.

El cambio no pasó desapercibido para todo el mundo.

Renata, su hermana, que hacía años controlaba la empresa y buena parte de la vida de Eduardo “para protegerlo”, empezó a notar que él delegaba más, que ya no respondía correos a cualquier hora, que en las noches sus llamadas quedaban sin contestar.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.