Eduardo sintió cómo se le rompía algo adentro. Abrió la puerta, se agachó y la abrazó fuerte.
—No hiciste nada mal, pequeña. Es que los adultos hacemos las cosas más difíciles de lo que son.
—Entonces… ¿mañana cenas conmigo?
Tardó unos segundos en responder.
—Mañana, sí.
Y cuando ella se fue, odiándose un poco por haber estado a punto de fallarle, decidió que no dejaría que el miedo volviera a robarle lo que comenzaba a amar.
Pero Renata no había terminado. Volvió con más amenazas, más papeles, más argumentos de “protección”. Le habló de juicios, de la prensa, de “oportunistas” y “aprovechadas”. Eduardo, por primera vez en años, alzó la voz.
—No voy a firmar nada que me prohíba elegir con quién quiero cenar —dijo, temblando, pero firme.
Renata contestó que entonces iría a los tribunales. Que pediría su interdicción. Que demostraría que él no estaba en condiciones de decidir su propia vida. Eduardo sintió el piso temblar bajo sus pies; una parte de él aún creía que tal vez merecía ese castigo, que tal vez seguir vivo ya era demasiado regalo.
Cuando Joana llegó esa mañana con Clara de la mano, su Augusto la detuvo en la puerta.
—La hermana del doctor estuvo aquí —explicó, apenado—. Él está muy mal. Se encerró en el escritorio.
Joana entendió todo sin que nadie se lo dijera con detalle. Abrazó a su hija con fuerza.
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