Cuando Laura se acostó en la mesa de examen, Ernesto intentó quedarse en la habitación, pero Valeria insistió cortésmente en que esperara afuera.
Necesito espacio y concentrarme. No te preocupes, te llamo en cuanto terminemos.
Tan pronto como la puerta se cerró, Laura dejó escapar un suspiro tembloroso.
“¿Te duele mucho?” preguntó la doctora mientras aplicaba el gel.
La niña meneó la cabeza, pero sus ojos se llenaron de lágrimas.
“No… no es eso.”
La doctora movió el transductor por su abdomen, examinando cada zona. Todo parecía normal, hasta que notó algo inesperado: un saco gestacional. Laura estaba embarazada, probablemente de unas doce semanas.
La respiración de la niña se aceleró. Valeria bajó el transductor y se sentó a su lado.
Laura... quiero que sepas que estás a salvo aquí. Necesito que me digas si querías esto, si estás de acuerdo con este embarazo.
El adolescente estalló en lágrimas.
—Yo… no lo sabía. Y no puedo decir nada. Él… —Se tapó la boca con la mano—. No puedo.
El corazón de Valeria se aceleró. Repasó mentalmente todos los protocolos de protección infantil. Debían actuar con cuidado, pero con rapidez.
—Laura, mírame —dijo con dulzura—. Pase lo que pase, puedo ayudarte. Nadie tiene derecho a hacerte daño.
La puerta se abrió de golpe. Ernesto asomó la cabeza, con aspecto impaciente.
"¿Has terminado?"
Valeria se sentó, ocultando su preocupación detrás de una expresión profesional.
—Necesito hablar contigo unos minutos, Ernesto. A solas.
Laura cerró los ojos, como si el mero sonido de la voz de su padre fuera suficiente para destrozarla por completo.
El médico comprendió que esto era sólo el comienzo… y que lo que estaba a punto de descubrir podría ser mucho peor de lo que imaginaba.
La doctora condujo a Ernesto a una pequeña habitación contigua, lejos de la mesa de reconocimiento donde Laura intentaba contener los sollozos. Cerró la puerta con cuidado, sin prisas. Su tono era firme, pero mesurado.
—Encontré algo en la ecografía —empezó—. Laura está embarazada.
Por un instante, Ernesto no mostró ninguna reacción. Ni sorpresa, ni preocupación, ni enojo. Solo un parpadeo lento.
“Ya veo”, respondió con demasiada calma.
Un escalofrío recorrió a Valeria. Esa reacción no era la habitual en un padre que acababa de recibir semejante noticia.
—Necesito hacerle algunas preguntas a su hija sin supervisión —continuó—. Es un requisito médico y legal. Y tengo que avisar a los servicios sociales. Es el protocolo.
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