La adolescente la miró con ojos desesperados.
“Nunca me deja sola en casa. Siempre me está vigilando. Y si lloro, dice que es mi culpa. Que tengo que portarme bien. Que…” Se le quebró la voz. “…que debería estar agradecida”.
Valeria tomó una decisión.
“Voy a llamar a una trabajadora social y a la policía. Te van a ayudar. Ningún niño debería pasar por esto”.
Laura tembló.
“¿Y si se enoja? Él… puede ser muy diferente cuando no hay nadie cerca”.
“Eso se acabará hoy”, dijo el médico.
Sin dudarlo.
Cuando llegó la policía, Ernesto intentó salir de la clínica, pero lo detuvieron en recepción. Ella protestó, gritó, exigió ver a su hija, pero los agentes lo retuvieron con profesionalismo. Valeria permaneció al lado de Laura todo el tiempo, tomándole la mano.
Una trabajadora social, Julia Rivera, llegó a la oficina.
“Laura, voy a estar contigo durante todo este proceso”, le aseguró. “No vas a volver con él”.
La niña se derrumbó por completo, llorando sobre el hombro de Julia. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien le decía que tenía una opción. Que su voz importaba.
Sin embargo, aunque Ernesto había sido arrestado, la historia de Laura apenas comenzaba. Había heridas más profundas que las físicas, traumas que no desaparecerían simplemente con un arresto. Valeria lo sabía bien: lo más difícil estaba por venir.
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