Durante una visita a la clínica, un médico observa que una adolescente se comporta de forma extraña cerca de su padre. Una ecografía pronto revela algo profundamente perturbador...

Mientras tanto, la investigación policial avanzaba. Pronto descubrieron que Ernesto había sido denunciado años antes por comportamiento agresivo hacia la madre de Laura, quien había fallecido cuando la niña tenía once años. Esa historia, generalmente contada como una tragedia repentina, comenzó a ser cuestionada. La policía vio indicios de que Ernesto había cometido actos mucho más peligrosos de lo que se conocía.

La fiscalía decidió acusarlo. El caso se volvió complejo y emocionalmente devastador, pero Laura ya no estaba sola.

Un mes después, durante una reunión a la que asistieron Valeria, Julia y la psicóloga, Laura habló con firmeza por primera vez.

“No quiero continuar con el embarazo”, dijo. “Quiero empezar de nuevo”.

Nadie la presionó. Nadie la juzgó. Simplemente la escucharon.

Tras seguir los procedimientos legales y médicos correspondientes, Laura recibió la atención necesaria. Fue un período doloroso, pero también liberador. En las semanas siguientes, comenzó a asistir a clases especiales en el albergue y gradualmente retomó actividades que antes le habían sido prohibidas: leer novelas, elegir su propia ropa, pasear sola por el jardín.

Un día, mientras hablaba con Valeria, el médico le dijo algo que Laura recordaría siempre:

“Tu pasado no define tu futuro. Tú decides quién quieres ser”.

Y por primera vez desde que entró en esa clínica, Laura lo creyó.

Sabía que el camino sería largo, que las cicatrices no desaparecerían de inmediato. Pero también sabía algo más importante: tenía apoyo, tenía opciones y, sobre todo, tenía libertad.

Su historia no terminó ahí. Pero finalmente, tras años viviendo a la sombra del miedo, Laura comenzó a escribirla ella misma.

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