Una vez lloró en el supermercado porque no había lulos. La gente recuerda cosas así. Juliana se rió. Pobre Yolanda, sin lulos. Pobre de mí”, corrigió Alejandro sin paz. De vuelta en la clínica, las horas se volvieron líquidas. El mundo de Yolanda se redujo al ritmo de su respiración y la voz de la enfermera, a las manos firmes de la doctora y al tic tac del reloj de la habitación, que parecía contar por ella. Pidió algo para el dolor cuando el borde se desdibujó.
Se lo dieron. Le quitó algo del fuego, pero no el trabajo. Entre contracciones, su mente divagaba hacia nombres que había amado desde niña, nombres que había susurrado a solas en la vieja casa donde creció. Cuando el mundo se sentía seguro y simple, la voz de su madre atravesaba el recuerdo como un cuchillo. “Yolanda, usted dramatiza las cosas”, le decía Beatriz cuando Yolanda lloraba de niña. No fue para tanto. Las niñas como usted tienen que aprender a quedarse calladas.
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