El abogado del millonario huyó en pleno juicio y la mujer de limpieza tomó su lugar. Antes de arrancar con la historia, dinos desde donde estás viendo este video. Disfrútala. El tribunal de Atenas estaba lleno desde muy temprano con periodistas amontonados en los pasillos. Alejandro Estévez permanecía sentado frente al juez con el gesto serio, las manos esposadas sobre la mesa y la mirada fija en un punto que no existía. Sabía que cada movimiento suyo era observado, grabado y juzgado por cientos de personas que no lo conocían, pero que ya estaban convencidas de que era culpable.
El murmullo se detuvo de golpe cuando Raúl Santoro, el abogado defensor, se puso de pie. Su rostro mostraba una mezcla de nervios y fastidio. Y sin que nadie lo esperara, cerró su portafolio y habló con un tono que cayó como un golpe seco contra el silencio de la sala. Señor juez, retiro mi representación. No seguiré defendiendo al señor Estéz. Los asistentes estallaron en susurro sorprendidos. Algunos periodistas levantaron de inmediato sus cámaras. Alejandro levantó la cabeza confundido. “Raúl, ¿qué estás haciendo?”, preguntó con un tono desesperado.
“Lo siento Alejandro”, respondió el abogado sin mirarlo. “No puedo continuar en un caso donde mi cliente no coopera conmigo.” Las palabras retumbaron en la sala. Todo el mundo sabía que esa frase, en términos legales, significaba que Raúl estaba insinuando que Alejandro mentía o estaba escondiendo información. El juez Elías ajustó sus lentes y miró al abogado con molestia evidente. Señor Santoro, esto es irregular. ¿Entiende que abandona un caso en plena audiencia preliminar? Lo entiendo por completo, señor juez, dijo Raúl tomando su portafolio.
Y aún así debo retirarme. Alejandro sintió que el suelo se le movía. Su abogado, el único que debía estar de su lado, lo dejaba frente a todo un país que quería verlo encerrado. Intentó incorporarse para protestar, pero un oficial a su lado le tocó el hombro con firmeza. Entre el público, una mujer respiró hondo. Su uniforme amarillo la hacía resaltar entre los trajes formales. Era Laura Neris, la mujer que trabajaba limpiando la casa de Alejandro desde hacía más de un año.
Nadie sabía que estaba ahí. Nadie sabía que ella también llevaba días sin dormir, repasando mentalmente cada detalle de la vida del hombre acusado injustamente. Laura tragó saliva al ver como Alejandro quedaba solo frente al juez, sin abogado, sin apoyo y sin nadie que hablara por él. Recordó la mañana en que él había encontrado a su madre enferma sentada en la cocina y había pagado sin dudar las medicinas que necesitaban. recordó las veces que la trató con respeto, sin humillarla como tantos otros jefes, y recordó la noche del supuesto ataque, porque ella lo vio, lo escuchó y sabía exactamente dónde estaba él en ese momento, pero nadie más lo sabía.
El juez estaba a punto de suspender la audiencia cuando Laura se puso de pie sin pensarlo dos veces. sintió como todos giraban hacia ella, como si hubiera cometido un acto prohibido. “Señor juez”, dijo con voz firme, aunque por dentro temblaba. “yo quiero decir algo.” El silencio fue inmediato. Nadie entendía que hacía una empleada de limpieza intentando hablar en un juicio de alto perfil. Uno de los oficiales la miró con advertencia, como esperando la orden para sacarla. El juez Elías frunció el seño.
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