Señorita, ¿quién es usted? Mi nombre es Laura Neris. Trabajo en la casa del señor Esté, respondió sin bajar la mirada. Y tengo información que importa. Los murmullos regresaron con fuerza. Varios periodistas apuntaron sus cámaras hacia ella como si hubieran encontrado oro puro. Alejandro la reconoció en cuanto escuchó su voz y abrió los ojos sorprendido. “Laura, ¿qué estás haciendo aquí?”, susurró el incrédulo. Ella no respondió. Sabía que si le contestaba dudaría y no podía dudar. El juez respiró hondo, dejando claro que no tenía paciencia para interrupciones.
Señorita Neris, este es un proceso legal serio. Ninguna persona del público puede hablar sin autorización. Lo entiendo dijo Laura, pero lo que tengo que decir puede cambiar todo. Yo estaba con él la noche en que dicen que atacó al empresario Bauer. Hice exactamente dónde estaba y sé que no pudo haberlo hecho. Un silencio absoluto cayó en la sala. Alejandro cerró los ojos aliviado, pero aterrado al mismo tiempo. No quería que ella se metiera en problemas. No quería que Laura, de todas las personas cargara con el peso de defenderlo frente a un país entero.
El juez intercambió una mirada preocupada con los funcionarios del tribunal. Aquello ya no era solo una interrupción, era un testimonio espontáneo que podía alterar por completo el curso del caso. “Señorita Neris, si lo que dice es verdad, deberá declararlo bajo juramento”, indicó el juez. “Lo haré, señor juez. No tengo nada que esconder”, dijo ella respirando profundo. Un reportero murmuró, “Esto se va a descontrolar.” Y tenía razón. El juez pidió un receso de 20 minutos. Los oficiales llevaron a Alejandro a una sala privada mientras Laura era escoltada a un cuarto donde debían registrar su identidad.
Dos reporteros intentaron seguirla para sacarle una declaración, pero los guardias se interpusieron. Aún así, las cámaras seguían grabando como si fuera una celebridad inesperada. Laura se sentó en una silla metálica, nerviosa, con las manos entrelazadas. El corazón le latía tan fuerte que podía escucharlo. No se arrepentía, pero tampoco podía negar que tenía miedo. Aquel no era su mundo. Ella no pertenecía a tribunales ni a escándalos mediáticos. Su vida era simple. limpiar, apoyar a su mamá, sobrevivir, pero ahora estaba metida hasta el fondo.
Un guardia abrió la puerta de pronto. Necesitan hablar con usted. Sígame. Laura se levantó despacio. Antes de salir, respiró hondo y se repitió que no podía dar marcha atrás. Ni aunque su voz temblara, ni aunque el país entero la juzgara. No después de lo que sabía, no después de lo que había visto aquella noche. Mientras caminaba por el pasillo, pensó en Alejandro otra vez, en cómo siempre la trató con respeto, en cómo nunca la hizo sentir inferior, en como lo vio con sus propios ojos entrar agotado a la mansión justo a la hora en que, según la policía, él estaba golpeando a Ark Power en un almacén al otro lado de la ciudad.
No había manera de que fuera cierto y si nadie iba a decirlo, lo diría ella. Laura avanzó sintiendo que con cada paso se metía en una historia mucho más grande de lo que imaginaba. Y apenas era el inicio. Laura caminaba detrás del guardia sin saber exactamente a dónde la llevaban. El pasillo estaba lleno de funcionarios moviéndose con prisa, cargando carpetas y hablando entre ellos como si el mundo dependiera de cada paso. Cuando llegaron a una pequeña sala con paredes blancas, el guardia la invitó a pasar.
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