El abogado del Millonario huyó en pleno juicio… y la mujer de limpieza tomó su lugar…

Era su turno. Cuando el juez la llamó para declarar, dio un paso adelante. El murmullo del público se apagó por completo. Alejandro la miró con nerviosismo. Sergio Landeros, sentado al fondo, la observaba con una sonrisa casi imperceptible, una sonrisa que parecía decir, “No vas a llegar lejos. Laura se colocó frente al estrado, levantó la mano para jurar decir la verdad y en ese instante supo que ese paso cambiaría su vida para siempre. Laura sintió como el estrado se veía muchísimo más alto desde donde estaba parada.

A pesar de que trataba de mantener la calma, sus dedos se apretaban entre sí. El juez Elías la observó fijamente, como si quisiera descifrar cada pensamiento que ella tenía antes de que siquiera lo dijera. Señorita Neris, comenzó el juez. Declare su nombre completo y su ocupación. Laura Neris, trabajo como empleada de limpieza en la casa del señor Alejandro Estéz, respondió tratando de que su voz sonara firme. Un murmullo recorrió la sala. Algunos no podían creer que una mujer de limpieza fuera la pieza clave de un juicio tan mediático.

Otros la miraban con lástima, como si estuviera a punto de hundirse sola. El fiscal se levantó de su asiento acomodándose la corbata. Señorita Neris, ¿puede explicar por qué está tan segura de que el señor Estéz no se encontraba en el lugar del ataque? Laura respiró hondo. Porque yo lo vi entrar a su casa justo alrededor de la hora en que dicen que ocurrió la agresión y no salió de nuevo en todo ese tiempo. El fiscal sonrió con suficiencia.

¿Cómo puede asegurarlo? estuvo vigilando la puerta toda la noche. No, pero Laura apretó los puños. Yo no escuché subir. Escuché sus pasos en el pasillo y luego la puerta de su oficina. Conozco ese sonido. Trabajo ahí todos los días y después, insistió él. Después yo seguí trabajando en la planta baja y también escuché cuando él bajó a la cocina un rato. Estaba cansado. Se veía agotado. No pudo haber estado golpeando a nadie en un almacén al otro lado de Atenas.

El fiscal entrecerró los ojos. ¿Tiene pruebas de lo que dice? ¿Algún video, alguna foto? Laura respiró profundo. Esto era lo complejo. Las cámaras de seguridad no funcionaban. El fiscal alzó una ceja. Qué conveniente. No es conveniente, es extraño, corrigió ella. Las cámaras se apagaron días antes del ataque y según los registros alguien las reinició desde la central, pero no fui yo ni ningún otro empleado autorizado. El fiscal abrió la boca para replicar, pero el juez levantó la mano.

Explique eso con más detalle, señorita Neris. ¿Cómo sabe que fueron manipuladas? Porque soy la única que limpia la oficina del señor Estéz, respondió. Y hace dos semanas encontré marcas en la caja de fusibles del sistema como si la hubieran forzado. También noté que el técnico que supuestamente vino a revisarlas nunca estuvo registrado en la lista de visitantes y nadie lo contrató. Yo pregunté. Un murmullo aún más fuerte llenó la sala. La gente empezaba a cambiar sus expresiones, quizá viendo a Laura con un poco más de respeto.

El fiscal volvió a intervenir. Entonces, está insinuando que alguien apagó las cámaras a propósito. No lo estoy insinuando, dijo Laura. Estoy segura. En el fondo de la sala, Sergio Landeros la observaba sin pestañear con una mirada que hacía temblar. Laura sintió su presencia como una sombra fría que le rozaba la espalda. Había escuchado rumores sobre él, cosas que nunca quiso creer, pero ahora cobraban sentido. El fiscal, molesto por cómo se volteaba la situación, decidió atacar. Por otro lado, señorita Neris, ¿alguna vez tuvo una relación más personal con el señor Estévez?

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