¿Algo que pudiera distorsionar su objetividad? La sala estalló en comentarios y risas incómodas. Alejandro levantó la cabeza de golpe indignado. Laura sintió que su rostro ardía de rabia. “Claro que no, respondió ella. Él es mi jefe nada más. Y si estoy aquí es porque estoy diciendo la verdad, no porque quiera algo de él.” El juez golpeó la mesa con el mazo. Orden en la sala. Laura aprovechó ese segundo para mirar a Alejandro. Él le devolvió la mirada con una mezcla de gratitud y preocupación.
No quería que ella sufriera por su culpa, pero ya era tarde para detenerla. El fiscal cambió de estrategia. Señorita Neris, usted dijo que escuchó pasos y sonidos en la casa, pero no puede asegurar que el señor Estévez no salió después. No es cierto. No, respondió ella. No salió porque Laura dudó unos segundos. Ese era el momento. Si lo decía, quedaría expuesta, pero si no lo decía, todo podía desmoronarse. Porque esa noche también revisé el reloj de fichaje de la puerta trasera”, confesó y estaba apagado.
Después descubrí que estuvo fallando toda la semana. El técnico que lo revisó tampoco estaba en la lista. Alguien quería que no existiera registro de entradas o salidas. El silencio fue profundo, incluso algunos periodistas dejaron de escribir. El juez la observó con intensidad. ¿Tiene alguna prueba física de lo que menciona? Tengo fotos y reportes respondió. Solo necesito tiempo para reunirlos. El fiscal resopló. Señor juez, esto es absurdo. Estamos dejando que una empleada de limpieza invente teorías sin fundamento para salvar a un millonario.
Laura sintió que la indignación le subía por la garganta. No estoy inventando nada. Y si quiere pruebas, las traeré mañana mismo. Pero lo que sí sé es que esa noche el señor Estévez estaba en su casa. Yo lo vi, lo escuché y no estaba en ningún almacén golpeando a nadie. El juez pensó unos segundos. Largo, pesado, incómodo. La audiencia se suspende hasta mañana, dictaminó finalmente. Señor Estévez permanecerá bajo custodia. Señorita Neris, deberá entregar las supuestas pruebas a primera hora.
Alejandro la miró con un agradecimiento silencioso mientras los guardias lo llevaban. Laura sintió un nudo en el estómago. No sabía si había hecho bien o si había metido la pata hasta el fondo, pero ya no había vuelta atrás. Cuando salió del tribunal, los periodistas prácticamente la acorralaron. ¿Por qué defiende Alejandro Estévez? ¿Qué gana con esto? ¿Qué pruebas dice tener? No teme por su seguridad. Laura trató de caminar sin responder, pero entre los flashes y los empujones empezó a sentirse mareada.
Fue entonces cuando escuchó una voz conocida. Laura, ¿qué hiciste? Era su madre, Marta, acercándose con el rostro lleno de preocupación. Tenía los ojos húmedos como si hubiera estado llorando. “Mamá, yo solo dije la verdad”, murmuró Laura. La verdad puede meterte en un problema enorme”, respondió Marta. “Ese hombre tiene enemigos muy peligrosos. ¿Tú crees que ellos se van a quedar viendo mientras tú los expones?” Laura bajó la cabeza. Sabía que Marta tenía razón, pero tampoco podía ignorar lo que había visto.
No podía quedarme callada. “Pues ahora ya te metiste”, dijo Marta. y no sé cómo vas a salir. Justo en ese momento, el celular de Laura volvió a vibrar. Un mensaje de un número desconocido apareció en pantalla. Te advertimos. La sangre se le heló y aunque trató de esconderlo, su madre vio su expresión. ¿Qué pasó?, preguntó Marta. Laura negó con la cabeza. Nada, no es nada, pero sí lo era y apenas estaba empezando. Hagamos un juego para quienes leen los comentarios.
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